Sutilezas de El Principito

Hace muchos años, cuando aún estudiaba el bachillerato, tuve una profesora de Literatura -Mercedes Guerra- maravillosa. Fue de aquellos maestros que no te enseñan un contenido puntual sino un gusto por la información que comparten con sus estudiantes… gracias a ella (o por su culpa) es que tomé un gusto particular por leer y escribir… de hacerlo de una forma más consciente y no como mero entretenimiento. Luego, en la universidad mientras estudiaba cosas pragmatísimas y logiquísimas, tuve otra profesora de literatura -Beatriz- del mismo calibre; de esas que se te quedan tatuadas en la memoria y cambian algo en el cerebro de uno.

Teniendo como 14 años la profesora Mercedes nos estaba explicando en clases a Don Quijote y allí nos dio un consejo que se quedó conmigo para siempre, aunque lo he ejercido pocas veces. Nos dijo:

Hay libros que es bueno leerlos, al menos, tres veces en la vida: en la niñez, la adolescencia y la adultez.

Ella lo recomendaba desde su experiencia personal con El Quijote. Yo lo hago desde mi experiencia personal con El Principito. La distancia literaria y de complejidad entre ambas obras es evidente, pero el principio y resultado es el mismo.

Leer varias veces un libro en momentos tan distintos de la vida hace que percibas matices cada vez más sutiles.

En mi caso, con El Principito el ejercicio me resultaba sencillo porque es de los primeros libros que leí en la infancia. Así que en algún momento después de los 20s, recordando aquel consejo, hice una segunda lectura y ahora, unos cuantos largos años después, lo volví a leer.

Sin duda la lectura y la experiencia es diferente… sobretodo porque de esta última, plasmo por escrito lo que me dejó.


De entrada, El Principito parece ser un libro infantil, tanto por el estilo de relato, longitud y presentación. Quizás es lo más brillante del libro como obra, porque así se ha regalado a infinidad de niños y seguro algo les quedará de él.

Hoy en día, si tuviese hijos, sería de los primeros libros que escogería leerle para que se habitúe a la lectura.

En muy pocas páginas y con ejemplos simples Antoine de Saint-Exupéry habla del amor, la soledad, la pérdida, la amistad. Explica principios éticos y morales con una sencillez abrumadora.

Lleva a comprender el valor del trabajo y la constancia, aunque la acción parezca fútil a primera vista… el pobre Principito sufría horrores de solo pensar que los baobabs invadieran su planeta, y el incrédulo piloto no comprendía como algo que en la Tierra es un gran árbol, en aquel misterioso planeta era tan peligroso como la infestación de malas hierbas.

Sin duda, la importancia de las cosas es subjetiva. Depende de quién lo mire, su posición al respecto y las consecuencias que nos puede traer un suceso. Empeora cuando maduramos, porque llegamos a creer que sólo nuestra realidad es la importante, la grave, la seria.

También proporciona una excelente lección sobre como un ser, en teoría indefenso, puede enfrentarse al poder. La visita de El Principito al Rey demuestra cómo el poderoso puede usar y manipular con su autoridad para siempre tener la razón; pero, mejor aún, deja claro que el indefenso siempre tendrá dos opciones: dejarse aplastar o, aprender a jugar con sus términos.

La visión de El Principito sobre la vanidad y los vicios es lapidaria, en ambos casos lo corto del mensaje lo dice todo con total elocuencia.

Pretender ser admirado por unas maravillosas cualidades especiales que nadie puede ver (porque no hay nadie a tu alrededor) o ser compadecido por lo lamentable de tu vida y así justificar el beber hasta el olvido, es ridículo. Las personas que se enfrascan eternamente en el “yo” (yo soy, yo quiero, yo merezco, yo deseo) terminan obteniendo del entorno lo mismo que hizo nuestro pequeño príncipe: ¡te dejo solo!

¿Qué es ser rico? Según el diccionario es poseer cosas de gran valor, especialmente dinero o bienes. Pero la riqueza que no sirve a algún objetivo útil o práctico, es estéril. De qué puede servir al hombre contabilizar una gran fortuna si es incapaz de disfrutarla, de vivirla, de traducirla en felicidad.

Quizás una de las moralejas más difundidas de este libro es la resultante de la historia del Zorro. La idea básica es que eres responsable de aquello que domesticas; parece que el mensaje es solo sobre la responsabilidad que el humano adquiere sobre todas aquellas especies “inferiores” que mantiene cerca como mascota… pero no, hay un trasfondo velado…

El Zorro le hace comprender que para ser domesticado hay que ser rutinario y es así que percibe la felicidad. La domesticación puede ser entre especies pares, en la que una ejerce un control sobre la otra, limitando su rango de acción, controlando sutil y progresivamente las actividades, para que al final se construya un mini universo aislado que sea el único marco de referencia. Una realidad alterada, reprimida y enfermiza.


Las estrellas son solo eso, estrellas. Material cósmico, astronómicamente definibles, físicamente estudiables. Son piedras muertas flotando en la nada, o al menos eso parece.

Pero quizás no sean solo eso. Quizás si miramos con atención podemos ver que hay más. El mundo no es solo lo que ves, el mundo es como lo percibes cuando te permites tener sensaciones.

Tan alegre o tan triste, como esté tu alma.

Tan alegre o tan triste, como la compañía que tengas a tu lado.

Que pobre se vuelve todo cuando solo ves las cosas, cuando solo transcurren tus días sin conectar con nada, con nadie.

Si El Principito existe o no es irrelevante. Un adulto extremadamente lógico podría decir que es una alucinación producto del estrés, la insolación y la deshidratación del pobre piloto perdido en el desierto.

Un psicólogo podría decir que es la proyección de tu niño interior en un ser imaginario, representando la única parte del piloto que puede lidiar con el terror de estar solo en el medio del desierto.

El Principito es simplemente aquello que necesitas que sea para superar una dura adversidad.

El que te muestra que la vida está llena de belleza más allá de lo obvio.

Que tu visión es la que hace el mundo como lo ves, bueno o malo, y no que el mundo sea así por definición.

Es el que te enseña a asumir las pérdidas con entereza y te recuerda que no estarás nunca solo mientras no olvides aquello que una vez te quiso y quisiste; mientras no olvides respirar y ver realmente lo que te rodea.

Es el recordatorio para los adultos que no podemos ser tan ciegos y empecinados. Que hay creer en lo imposible para hacerlo posible.