Venezuela, Eterno funeral

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Ha medida que uno crece, sabe y es conciente que tiene que enfrentarse a la muerte.
Con el paso del tiempo uno aprende lentamente a lidiar con la pérdida de seres queridos. Aprendes que tienes que ir a funerales, aunque detestes el rito. Aprendes que el duelo es un proceso con etapas.

Es normal sentir tristeza, desasosiego e ira cuando alguien querido muere. Es normal para un individuo, con el paso de los años, enfrentar la muerte de algunas decenas de personas… desde las más cercanas, hasta un círculo conocido ampliado.

Pero como todo proceso, el duelo también termina en esos casos.

Lo que no es normal y para lo que nadie te prepara, es para sentirte en un eterno funeral.
Nadie te prepara para convivir con tanta muerte, con tanta pérdida injusta. Con tantas vidas que se quedan en promesas.

¿Cuántos muertos tengo en la memoria? Si pienso en mi círculo de conocidos, no puedo olvidar como un viejo amigo murió de un infarto porque lo golpearon salvajemente. Era literalmente un viejo que no era amenaza para nadie. A él lo conocí en una época muy feliz e indirectamente él fue parte de esa diversión. Pero hace años que no hace feliz a nadie, porque lo mataron.

Recuerdo los cuentos del amigo de un familiar que le dieron unos tiros. Afortunadamente sobrevivió (su cuerpo). Al vecino que mataron en la autopista, a tiros. A los amigos que amenazaron con un arma en su propio hogar. A la amiga que le apuntaron para quitarle el carro. A los vecinos que amenazaron con armas blancas dentro de su casa. Los tiros espantando a los malhechores que querían meterse en casa de otros vecinos más. Recuerdo al amigo que lamenta con rabia, que hace poco mataron a su amigo en un barrio en un fuego cruzado. Recuerdo a otro viejo, que nunca conocí en persona pero que su apellido era referencia en mi ciudad natal, que también murió en mano de sus captores.

Ésos son los recuerdos de personas que uno considera cercanas. Unos murieron por completo, a otros ‘solo’ les mataron un poco su inocencia.

Pero hay más.

Imposible olvidar cuando, hace más de 10 años, se hizo noticia el asesinato cobarde de los niños Faddoul. Lo que todos sentimos ese día, quedó tatuado en mi memoria… Ahora que lo veo, ése día aprendí a padecer el dolor colectivo de otra forma.
Imposible olvidar los muertos que son estadísticas, que no tienen nombre. Los muertos porque ya no se pueden curar, no hay medicinas. Los muertos porque protestan… de esos estamos llenos.

En estos tiempos algunos son noticia, otros, son solo números.

Nadie nos prepara para vivir en un constante funeral. Sí, así vivimos. Porque todos saben como es un funeral en Venezuela, donde siempre se llora, se sufre, se reza, pero también se ríe, se hacen chistes impropios, se bebe, se continua.


Nadie te prepara para tanta impotencia. Y siempre hay esos clímax que la disparan… esta vez tiene cara de niño, habilidad musical y futuro de médico. Perdón, tenía cara de niño, tenía habilidad musical, tenía futuro como médico.

Tenía, porque alguien, un salvaje anónimo disparó sin pensar y lo mató, así en un segundo acabó con 17 años de vida ¿y qué se vive en 17 años? ¡NADA!. Acabó con una familia, acabó con la inocencia de todos sus amigos. Ellos, ya no son niños, ellos tuvieron que hacer acopio de entereza y dedicarle un último concierto a su pana.

Nadie te enseña a vivir con un luto subyacente, y tengo el mal presentimiento que esto va a ser permanente para todos los que nos tocó vivirlo.

La familia de ese niño que ya no está más lo tiene claro… el luto no es el color de tus géneros, es un sentimiento interno. El luto no es vociferar odio, ni hacer demostraciones públicas desproporcionadas.

Vivimos en un eterno funeral, con sus descansos para reír y disfrutar, pero siempre volvemos al funeral. Todos los días mueren inocentes antes de tiempo, porque un escaso grupo de individuos con poder así lo deciden… ellos son los verdugos mientras sean los responsables de todas las decisiones que conllevan a la muerte de personas que no tenían que morir aún.

Da igual si es por un tiro, una puñalada, una medicina que no llegó o el hambre que no se aguantó. Ellos, los que deciden, son unos asesinos. Mataron a los que enterramos y matan la inocencia a los que vivimos conviviendo con la muerte.

Para eso, nadie nos prepara.